La política ecuatoriana parece ser el escenario perfecto para el reciclaje de figuras que, en lugar de retirarse tras gestiones desastrosas, buscan aferrarse al poder apelando a la frágil memoria del electorado. Este es el caso de Juan Zapata, el recordado «Capi», quien hoy tiene la osadía de presentar su precandidatura a la Prefectura de Pichincha. Sin embargo, detrás de la sonrisa afable y las campañas de seguridad vial del pasado, se esconde un historial reciente en el sector público marcado por la ineptitud, la inacción y un legado de violencia sin precedentes.
Hacer un recuento del paso de Zapata por los más altos cargos de seguridad del país es abrir un expediente doloroso para los ecuatorianos; un expediente manchado por el fracaso sistémico.
El Desastre en el Ministerio del Interior: Crónica de una muerte anunciada
El capítulo más oscuro de su carrera pública comenzó en septiembre de 2022, cuando el entonces presidente Guillermo Lasso, en un acto de desesperación ante la escalada criminal, le entregó el Ministerio del Interior. Lo que se vendió como un nombramiento técnico y experimentado resultó ser una condena para la seguridad ciudadana.
Durante la gestión de Zapata, Ecuador vivió su época más sangrienta. Lejos de contener la amenaza, su administración fue testigo inerte de cómo el crimen organizado, el narcotráfico y las bandas delictivas se tomaban las calles de las principales ciudades.
- Explosión de la Extorsión y el Sicariato: Fue bajo la mirada de Zapata que las «vacunas» (extorsiones) pasaron de ser un problema focalizado a convertirse en una epidemia nacional. Pequeños comerciantes, transportistas y ciudadanos comunes fueron abandonados a su suerte mientras el ministerio ofrecía declaraciones tibias y ruedas de prensa sin resultados palpables.
- Masacres Carcelarias y Descontrol: El sistema penitenciario continuó siendo un matadero. La incapacidad de su cartera para recuperar el control de las cárceles permitió que las mafias siguieran operando y ordenando crímenes desde el interior de las celdas, desnudando la fragilidad absoluta del Estado frente al terrorismo urbano.
Censurado e Inhabilitado: El Veredicto Unánime de la Incompetencia
El fracaso fue tan rotundo y evidente que no hubo espacio para defensas políticas. En un hecho casi inédito en la política ecuatoriana reciente, la Asamblea Nacional censuró a Juan Zapata por unanimidad en mayo de 2024.
Legisladores de izquierda, derecha y centro coincidieron en algo fundamental: el ministro fue negligente. El juicio político desnudó verdades alarmantes:
- Falta de Ejecución Presupuestaria: Mientras los policías patrullaban en vehículos destartalados y sin chalecos antibalas adecuados, el ministerio bajo el mando de Zapata fue incapaz de ejecutar de manera eficiente el presupuesto asignado para seguridad en plena emergencia nacional.
- Inhabilitación Política: La censura legislativa no fue un simple llamado de atención; trajo consigo la inhabilitación para ejercer cargos públicos por dos años. El máximo órgano de representación ciudadana del país dictaminó formalmente que Zapata no era apto para manejar los recursos y la seguridad del Estado.
El Pasado en el Municipio y el ECU 911: Mucho ruido, pocas nueces
Pero la incompetencia no fue exclusiva de su paso por el gobierno nacional. Previamente, como secretario de Seguridad del Municipio de Quito y director del ECU 911, su gestión estuvo plagada de críticas por priorizar la exposición mediática sobre las soluciones estructurales.
En el ECU 911, enfrentó severos cuestionamientos por la inoperatividad y falta de mantenimiento de las cámaras de videovigilancia a nivel nacional, un recurso vital que, en el momento de mayor crisis de seguridad, operaba a medias o simplemente estaba fuera de servicio. En Quito, su paso por la Secretaría de Seguridad dejó una ciudad vulnerable, anticipando lo que luego sería su debacle a nivel ministerial.
La Audacia de Pedir el Voto
Hoy, asociado con el concejal Wilson Merino bajo el movimiento «Imparables», Zapata promete recorrer Pichincha ofreciendo soluciones a problemas como los robos y las extorsiones. La ironía es insultante para el ciudadano de a pie.
Quien tuvo todo el poder coercitivo del Estado, el presupuesto del Ministerio del Interior y el mando de la Policía Nacional, y fracasó estrepitosamente, hoy pretende convencer a los pichinchanos de que podrá protegerlos desde un gobierno provincial cuyas competencias en seguridad son apenas complementarias.
La candidatura de Juan Zapata no es una propuesta de trabajo, es un desafío a la inteligencia de los votantes. Pichincha está a punto de decidir si premia en las urnas al exfuncionario que, según la propia Asamblea Nacional, dejó al país a merced del crimen, o si finalmente le pasa la factura por el miedo y la sangre derramada durante su lamentable gestión pública.



